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Reflexión: sobre fiestas y sincericidios

  • Foto del escritor: Sergio López Moreno
    Sergio López Moreno
  • 6 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

En la pasada noche de Halloween salí de fiesta. No fue nada extraordinario ya que mis

amistades y yo no somos tanto de discotecas ni sitios de mala muerte.


Os pongo breve contexto:

El plan era hacer un poco de karaoke, cenar hamburguesa, y luego coger el coche y acercarnos

al centro de la ciudad a un pasaje del terror. Finalmente, iríamos a un pub de noche a tomar

algo y pasarlo bien.


¿Qué ocurrió al final?


Para comenzar, es importante que destaque las notables ganas que tenía yo de salir, de

despejar la mente y gastar mi batería social esa noche. Es raro en mí, introvertido, pero esa

noche realmente quería soltarme.


Primero fuimos al karaoke, sólo una hora, pero me quedé (nos quedamos) muy satisfechos.

Poco después fuimos a un “Carl’s Jr”. Ya sabéis, nada gourmet, unas hamburguesas normales

para llenar el estómago futuramente trasnochador.


Fue mientras esperábamos sentados la cena cuando, sin previo aviso, mis energías se vinieron

abajo. Casi por completo. Mi cabeza entró en un modo de desconexión, disociación, estar,

pero no estar…como deseéis llamarlo. Obviamente, mientras sucedía esto y los demás

hablaban de problemas amorosos varios, mi cabeza captaba todos los sonidos como un simple

zumbido.


Seguí en este estado hasta que llegamos al bar. Este bar resultó ser una discoteca. La última

vez que pisé una discoteca fue hace cosa de 10 años, en un viaje del instituto…y no aguanté ni

10 minutos.


En la discoteca nos acomodamos, aunque no era el único que pensaba que no apetecía música

a tanto volumen. Estando allí, absorto en la nada, mientras sentía el retumbar de la música

como un latido más, decidí replicar a mis amigos y pedirme una copa. Alcohol fuerte, de

hecho, y yo no soy bebedor.


Tomé esta decisión porque venirme abajo esa noche no estaba en mis planes, así que recurrí a

algo que, aunque estaba seguro que no era lo mío, me desinhibiría lo suficiente para reubicar

mi mente.


Así fue. Pasamos un rato más allí, y ya con las energías más altas, nos movimos a otro bar más

tranquilo. Una vez pedimos nuevas bebidas (decidí tomar algo sin alcohol), quisieron jugar al

famoso clásico “verdad o reto”.

Nunca ha sido un juego que me guste. Siempre me llama la atención, desde luego, pero la mayoría de preguntas que se hacen no soy capaz de responderlas. Y esta vez no fue diferente. De unas cinco preguntas, contesté dos.


Es fascinante las cosas de las que te percatas sobre la gente que te rodea. Cosas que, quizá de

tu mejor amigo o amiga, no te esperarías en absoluto. Son situaciones o acciones que pueden

incluso desconcertarte y hacerte ver lo poco que en realidad conoces a esa persona. Esa

persona que seguramente no habría confesado tales cosas en cualquier otra situación.


Una de mis mejores amistades contestó todo. Y me quedé a cuadros. Lo llaman sincericidios, y

no me sorprende en absoluto el nombre, porque te desnudas completamente frente a

personas que quizá nos sean tan cercanas. No sólo eso, desvelas información que, a mi parecer, están destinadas a ser privadas, a formar parte de tu intimidad o la que tengas con otra persona con la que sí sabes que puedes compartir estas cosas.


“¿Qué es lo más atrevido que has hecho en público?”

“¿Cuál es tu mayor secreto?”


No me cuesta decir que, sin sentirlo por el juego, esa información se quedará en mi interior,

porque en un mundo donde la privacidad muchas veces se vende por internet, más me pide el

alma proteger mi vulnerabilidad.


¿Os pasa lo mismo? ¿Qué soléis hacer en los juegos de “verdad o reto”?


Un cálido abrazo,

S.




 
 
 

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© Sergio López Moreno 2025.
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